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Un par de ideas para ser luz en días de oscuridad

«Ustedes son la luz del mundo, como una ciudad en lo alto de una colina que no puede esconderse».

Mateo 5.13 (NTV).

El día de ayer, el gobierno de nuestro país publicó un comunicado para todas «las iglesias, asociaciones y agrupaciones religiosas de México». Y aunque yo no represento a iglesia o asociación religiosa alguna, como parte de la Iglesia del Señor y su siervo, me permito compartir lo que creo deberíamos estar haciendo:

Primero: Clamar a Él y buscar su rostro con todo nuestro corazón. He predicado sobre esto en varias ocasiones, pero en estos últimos días hay quien lo ha explicado mucho mejor y directamente relacionado con lo que vivimos ahora.

Segundo: Cuidarnos a nosotros mismos y cuidar de otros quedándonos en casa, pero sin olvidar nuestro deber velar por que las necesidades (ya sea físicas o espirituales) de los que están a nuestro rededor.

Nuestra iglesia tiene ahora una gran oportunidad de ser luz, por eso me permito compartir un par de ideas para hacerlo:

Auxilia a los mas vulnerables

Dentro de nuestra iglesia tenemos a varios adultos mayores y a personas con enfermedades crónicas que viven completamente solos. Normalmente ellos salen a la calle a pagar sus servicios y a comprar sus víveres. ¿Cómo podemos cuidar de ellos en este tiempo?

Lo más seguro es que tu tengas que salir por lo menos una vez a la semana o cada quince días para comprar algunas cosas para tu familia o a hacer algunos pagos. ¿Por qué no llamar antes a uno de estos hermanos para saber si tiene algún pago pendiente o requiere algunas cosas del supermercado? Yo no estoy diciendo que ese gasto deba correr por tu cuenta (aunque si puedes ayudar así, hazlo).

Pero sigue cuidándolos. Si debes pasar a su casa por algún recibo o a entregar lo que te hubiesen encargado, sigue estrictamente todas las medidas de higiene y usa cubrebocas.

Haz lo mismo por los miembros de tu familia, vecinos y amigos que se encuentren en el grupo de vulnerabilidad.

Llama a otros y ora con ellos

Probablemente tienes el número telefónico de varios hermanos de la iglesia. ¿Por qué no llamarles para saber cómo se encuentran física y espiritualmente? Pero no te limites a eso. Ora por sus necesidades, aunque sea así, por teléfono. Estoy seguro de que se sentirán más fortalecidos en el Señor, y tú estarás contribuyendo a la unidad de la iglesia en la que te reúnes.

Me permito recomendarte lo mismo que en el punto anterior: Hazlo también con tus familiares, vecinos y amigos. Aunque no sean cristianos. Si te lo permiten, también te lo van a agradecer y se estará abriendo una puerta maravillosa para compartir el amor de Dios.

Estas son solo un par de ideas, pero estoy seguro de que el Señor te mostrará muchas otras maneras de bendecir a los demás. Te invito a compartir lo que estás haciendo (sin vanagloria) y otras ideas para ser luz en medio de la oscuridad.

En resumen: No salgas de casa a menos que sea estrictamente necesario; pero que esto no te impida ayudar a quienes lo necesitan. Procura ser un instrumento de bendición en las manos de nuestro Señor, y Él te usará para su gloria.

Lo que de verdad importa

«Usted puede ser teológicamente tan recto como un cañón de escopeta, pero estar espiritualmente tan vacío como él».

A.W. Tozer

Esta frase resume a la perfección un gran problema del que no solamente he sido testigo, sino también partícipe: El de fijar nuestra mirada en un sistema doctrinal, dejando de lado todo lo demás.

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Buscando la gloria de Dios en medio del hebel

Esta frase resume el anhelo más profundo de mi corazón mientras vivo en esta tierra. Te comparto por qué.

Hebel es la primera de las palabras pronunciadas por el Predicador en su largo discurso conocido como el Libro de Eclesiastés. Quizá te suene la frase:

«Vanidad (hebel) de vanidades (otra vez, hebel), dijo el predicador; vanidad (hebel, de nuevo) de vanidades (adivinaste, ¡hebel!) todo es (¿a qué no sabes?, ¡hebel!) vanidad».

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Ayuda a otros a seguir su camino con gozo

El día de ayer visité una de las congregaciones de la iglesia en la que sirvo, y predique sobre la historia de Felipe y el Etíope, uno de mis pasajes favoritos y que he predicado y enseñado en muchísimas ocasiones, sin embargo, había una cosa que aún no había considerado: El final de la historia.

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