Cuatro reglas para la oración

Juan Calvino, el gran sistematizador de la teología reformada, no fue únicamente un gran teólogo, sino un hombre de profundo carácter pastoral y con una genuina preocupación por la vida devocional. En su Institución de la Religión Cristiana hizo algunas recomendaciones de carácter práctico para la oración personal. Allí confirmamos que no fue un hombre dominado por su mente, sino que también dio lugar al corazón en esa búsqueda incesante de Dios, para la que ahora nos da ciertas pautas.

El hombre como mendigo ante un Dios rico

Haciendo uso de una terminología chocante a los espíritus más orgullosos, Calvino describe la necesidad que el hombre tiene para acercarse a Dios en oración. Él habla de nosotros cómo pobres, como seres completamente desprovistos de todos los bienes espirituales, y nos coloca así, en una condición de mendigos. De esta manera nos dirige a buscar los bienes espirituales fuera de nosotros mismos y nos lleva a Jesucristo. Es, cuando menos, interesante que nos dirija al Hijo y no al Padre directamente, pero lo hace así porque su pensamiento es que «el Señor, voluntaria y libremente se nos muestra a sí mismo en Cristo, en el cual nos ofrece la felicidad en vez de la miseria y toda clase de riquezas en vez de la pobreza». Dios es entonces el poseedor de un enorme tesoro, pero no es un Dios distante y avaro, sino un Dios muy generoso que quiere compartir con nosotros todo lo que él tiene, y lo hace a través de su Hijo, Jesucristo.

El Padre, por supuesto, ya sabe lo que necesitamos, por lo que Calvino afirma que Dios ha ordenado la oración más por nosotros que por Él. Es decir, la oración no es un mero acto informativo o de comunicación dirigido hacia Dios, sino para que «nuestro corazón se inflame en un continuo deseo de buscarle, amarle y honrarle, acostumbrándonos a acogernos sólo a Él…».

Afirmando esta base, Calvino pone a nuestra consideración cuatro reglas para orar convenientemente. Las presentaremos a continuación tratando de resumirlas con una sola palabra que aparece en cada encabezado. Calvino no usó estas palabras como títulos para cada una de sus reglas, pero nos serán útiles como guía para nuestro estudio y para la memorización.

Primera regla: Dedicación

La dedicación consiste en aplicar todas nuestras fuerzas a la oración, librando nuestra alma de los pensamientos y cuidados de la carne con los que puede apartarse o estorbarse para ver bien a Dios. Para Calvino, el acto de la oración debe tener un lugar preeminente en la vida del creyente, y cuando se disponga a llevarla a cabo debe hacerlo con toda diligencia, apartando tiempo, espacio y energías para ello.

El autor no duda en recomendar algunos actos físicos que pueden impulsar la práctica de la oración, o bien provocar en nosotros ciertas actitudes agradables a Dios. Así presenta «la ceremonia de alzar las manos». Este acto tiene un profundo significado: «a fin de que los hombres recuerden que están muy lejos de Dios si no alzan sus sentidos al cielo». Utilizar las expresiones corporales de esta forma, nos dispone para entrar en un momento de entrega total a la comunión con el Señor. Esto puede ser de ayuda para «que el entendimiento se fije en Dios y que el afecto del corazón le siga».

Segunda regla: Pasión

Algunas veces, la profunda mente intelectual de Calvino lo hace parecer un hombre frío. Pero nos damos cuenta de lo equivocados que estamos cuando respecto a la oración nos invita a «sentir siempre de verdad toda nuestra necesidad y pobreza, y considerar conscientemente que tenemos necesidad de todo lo que pedimos, acompañando nuestras oraciones de un ardiente afecto». He añadido la letra cursiva para destacar lo que solamente podríamos describir como un concepto calvinista de la pasión en la oración.

Calvino no encuentra barreras entre los sentimientos personales y la íntima comunión con Dios, al contrario, nos invita a presentarnos honesta y abiertamente delante del Dios vivo y Todopoderoso. Esto implica la total expresión de nuestras emociones. Él ve en la variedad de nuestros sentimientos, una motivación para las expresiones espirituales genuinas. Esto lo sustenta en la carta del apóstol Santiago: «¿Está alguno de vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alegre? Cante alabanzas».

Tercera regla: Humildad

Debemos despojarnos de toda opinión de nuestra propia dignidad, y como consecuencia, arrojar de nuestro corazón toda confianza en nosotros mismos para dar toda la gloria a Dios. Ni siquiera podemos atribuirnos a nosotros mismos la más pequeña cosa. Calvino toma como ejemplos de esta humildad a Daniel, David, Isaías, y Jeremías y otros.

Una clara muestra de esta humildad es el comienzo de nuestras oraciones, para lo que Calvino nos da una recomendación práctica: iniciarlas mediante la súplica del perdón de nuestros pecados. «Es imposible», escribe, «que Dios sea propicio, más que aquellos a quienes perdona los pecados». Toma como ejemplo al paralítico, a quien antes de sanarlo, dijo: «tus pecados te son perdonados».

Por último, inserta una nota aclaratoria, ya que en la Escritura algunas veces parece que los santos alegan su propia justicia como ayuda a fin de alcanzar más fácilmente lo que piden de Dios. Sin embargo, «tales expresiones no significan otra cosa que el testimoniar por la regeneración que ellos eran siervos e hijos de Dios, a los cuales el promete serles propicio».

Cuarta regla: Esperanza

Calvino llama a esto «buen ánimo para orar», pero inmediatamente después, dice: «esperando que ciertamente seremos escuchados». Él mismo considera un aparente problema y contradicción que da lugar a esta regla: ¿Cómo puede el hombre pecador, acercarse al Dios Santo y Justo, confiando en su favor?

Calvino resuelve el asunto de la siguiente manera: «la penitencia y la fe van unidas con un lazo indisoluble», y pone como ejemplo la confesión de David: «Yo por la abundancia de tu misericordia entraré en tu casa; adoraré hacia tu santo templo en tu temor». Esta es la misma actitud de la Iglesia, que ora: «Sea tu misericordia sobre nosotros, oh Jehová, según esperamos en ti». Así el cristiano contemporáneo debe acercarse plenamente consciente de su falta de santidad a un Dios, sí, Santo, pero al mismo tiempo muy misericordioso.

Conclusiones

Entendemos, pues, que para Calvino la oración no es un aspecto meramente lúdico de la vida cristiana. Él la coloca en el nivel de una legítima necesidad que si es cubierta, suple las necesidades más profundas del hombre. En ese sentido, es el vehículo para encontrar la plenitud en la comunión con el Señor.

Estas cuatro reglas expuestas por Calvino deberían animar a la Iglesia de nuestros tiempos a buscar a Dios con todas sus fuerzas, con todos sus sentimientos, consciente de su condición pecaminosa, y llenos de esperanza. Nuestro Padre está allí, en lo secreto, vayamos a buscarle.

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