Cómo vivir en santidad

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mi».

Salmo 51:10

El Salmo 51 es uno de los siete «salmos de arrepentimiento» (los otros seis son: 6; 32; 38; 102; 130; 143). Se atribuye al rey David, quien lo compuso luego de ser confrontado por el profeta Natán debido a su pecado con Betsabé, un episodio narrado en 2 Samuel 12. Este poema maravilloso, es una muestra de verdadero arrepentimiento, ya que no sólo nos muestra el deseo de David de vivir en santidad, sino también, cómo podía lograrlo.

Lo primero que notamos, es que David aceptó su responsabilidad, confirmando que su pecado proviene de su naturaleza pecaminosa, diciendo: «Pues soy pecador de nacimiento, así es, desde el momento en que me concibió mi madre» (v. 5).

Por otra parte, exaltó el carácter puro de Dios, y consideró la reprensión como una muestra de la misericordia Divina. Todo esto sólo pudo comprenderlo hasta después de la confrontación con su pecado.

La primera exclamación del rey David luego de la amonestación del profeta, resume el sentir del salmo 51: «Pequé contra Jehová» (2 Samuel 12:13). Notemos que, aunque fue Urías el directamente afectado por las acciones del rey, David reconoce que en última instancia ha pecado contra Dios mismo. David codició a la mujer de su prójimo, adulteró y asesinó. Su amor por sí mismo –por la satisfacción de sus propios deseos– fue mucho más grande que su amor por Dios y sus mandamientos. Sin embargo, Dios lo perdonó.

David no se quedó anclado a su pasado. Aceptó el perdón de Dios y se extendió hacia el futuro: no quería fallar de nuevo. Él, como todos nosotros, anhelaba vivir en santidad, pero ¿cómo podría hacerlo?

En su composición, en lugar de encontrar expresiones como: «Esta vez me ganó el pecado, pero para la próxima ¡yo seré más fuerte! Me esforzaré más». El rey David escribió: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (v. 10). Él sabe que la santidad no consiste sólo en guardarse de las cosas externas, sino que está íntimamente ligada a la renovación del corazón, es decir, de adentro hacia afuera.

Esta renovación fue profetizada por Ezequiel cuando dijo: «Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios» (Ezequiel 11:19, 20 y 36:26, 27). De nuevo, el profeta dice que sólo mediante el corazón de carne dado por Dios, su pueblo puede andar según sus ordenanzas.

Una renovación, que sólo Jesucristo puede lograr.

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