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Tres historias, un mismo pecado

Primera historia

En su predicación dominical, el pastor dijo que así como Pablo tuvo por basura todo su pasado y logros personales para ganar a Cristo, todo creyente que ha sido llamado a los caminos del Señor debería tener en poco sus propias experiencias y logros para conocer profundamente a su Señor.

Un día después recibe una llamada de una mujer madura (de al rededor de 80 años), hija de padres cristianos y nieta de abuelos fundadores de la iglesia, para dejar claro que ella no está de acuerdo con sus palabras, y luego le explica el gran valor que tiene su historia familiar.

Segunda historia

Un matrimonio sabe de una mujer relativamente joven, miembro de la iglesia, que ha tenido problemas con su marido. Ambos han optando por la separación. La oportunidad de reconciliación aún existe, pero ella comienza una nueva relación «de noviazgo» que incluye la fornicación.

Este matrimonio se acerca a ella para reconvenirla, llamándole al arrepentimiento; pero en lugar de agradecerlo, ella reclama furiosa por el hecho de sentirse señalada y juzgada. Les dice que no tienen derecho a hacer esto.

Tercera historia

A través de sus redes sociales, un miembro de la iglesia comparte una publicación sobre un asunto bastante polémico. La publicación demuestra con la Palabra éste es un acto pecaminoso, pues va en contra de la voluntad revelada de Dios. Ese mismo día y durante las semanas siguientes recibe algunos comentarios —públicos y privados— de parte de algunos miembros de su iglesia señalándole de fanático religioso.

¿Qué nos muestra todo esto?

Lamentablemente la gran mayoría de la iglesia contemporánea no está dispuesta a someterse a la voluntad de Dios revelada en su Palabra. Satanás la mantiene engañada con la mentira de que como un día hicieron «la oración del pecador» ya están del otro lado; ya son salvos, y el día que mueran irán directamente a la presencia de Dios. Se conforman con esto.

Pero no se dan cuenta que están comprando dos mentiras por el precio de una.

Primero porque el Señor dice claramente que no todo el que le dice «Señor, Señor» entrará en el reino de los cielos, sino sólo aquellos que hacen la voluntad de su Padre (Mateo 7.21). Y, ¿cuál es la voluntad del Padre? La que Él nos revela en su Palabra. Quizá sea necesario aclarar que Jesús no está hablando de una salvación que se gana a través de las obras; sino más bien de una salvación que se hace evidente a través de las obras. Todo aquél que es verdaderamente salvo, tiene a Cristo como Señor de su vida, y por lo tanto —como Él— se somete a la voluntad de su Padre celestial.

Segundo, porque piensan que la salvación es como una especie de pensión, algo de lo que se han de beneficiar en un futuro. Pero si queremos usar una analogía similar, la salvación se parece más a ganar el premio mayor de la lotería. Es algo que podemos disfrutar desde ahora. La vida abundante de la que Jesús nos habla en Juan 10.10 ya está disponible, y vivir bajo la voluntad de Dios es parte fundamental de ello. Ese es precisamente el tema del salmo 119, el poema más extenso de toda la Biblia.

¿Cuál es la solución?

Mucho me temo que no hay una solución simple a este asunto. Si somos ministros de Cristo, nuestro deber es predicar fielmente la Palabra y orar porque Dios ilumine el entendimiento y abra los corazones para que la reciban, y como tierra fértil, abracen esta semilla para dar fruto cien veces más de lo que ha sido sembrado.

Pero seas ministro o no, las siguientes preguntas son para todos: ¿Cuál es tu actitud frente a la Palabra de Dios? ¿A quién amas más? ¿a Dios y su Palabra o a tu pecado?

Publicado por Emmanuel Castillo Robles

Buscando la gloria de Dios en medio del hebel.

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