«Cuando soplaba la brisa fresca de la tarde, el hombre y su esposa oyeron al Señor Dios caminando por el huerto. Así que se escondieron del Señor Dios entre los árboles. Entonces el Señor Dios llamó al hombre:

-¿Dónde estás?»

Génesis 2.8-9 (NTV)


Dios creó al ser humano para «glorificar a Dios y gozar de Él para siempre», y Dios estaba allí para él; sin embargo, después de la caída algo cambió. Ahora, al escuchar los pasos de su Creador, el hombre y su mujer corrieron a esconderse entre los árboles.

¿Usted ha visto a un niño huyendo de su padre? ¿Qué hay en su corazón para hacer algo así? Yo no encuentro otra respuesta más que esta: Temor. Este era ahora el sentimiento predominante en el corazón del primer hombre y la primera mujer.

Pero este sentimiento no era el que Dios quería inspirar en ellos. Él los creó a su imagen y semejanza, y así —como dignos representantes suyos— los puso sobre toda la creación; además les dio el alimento para sustentarlos día con día, y lo que ellos más necesitaban: Se dio a sí mismo para ser el gozo de ellos.

Con todo esto, las criaturas podrían disfrutar de verdadera comunión con su Creador. Tenerle como su Padre y encontrar su plenitud en Él.

Así que, si ahora los vemos corriendo para esconderse, no es a causa de Dios en primera instancia; sino por su propio pecado. Son conscientes de su desobediencia, y saben que ahora no pueden permanecer delante del Dios Santo. Llenos de vergüenza, huyen de Aquél que sólo les había prodigado amor.

Así, agazapados entre los árboles, escuchan una pregunta que los estremece:

«¿Dónde estás?».

Quizá nunca hemos notado la ternura con la que Dios pronunció estas palabras: Es la voz del Creador buscando —de nuevo— la comunión con la más magnífica de sus criaturas, derrotada. No quiere dejarlos en este estado; así que hace algo para solucionar el problema.

En un acto de ternura y cuidado que se extiende mucho más allá de toda comprensión humana, Él tomó un par de animales, los sacrificó, tomó sus pieles y cubrió a sus hijos desobedientes. Ya no quería que se avergonzaran ni se escondieran más. Pero esta solución sólo fue figura de otra muchísimo más grande. Trascendente.

Del corazón de su Creador salieron las más bellas palabras que ellos podrían haber escuchado: Un día, uno de sus propios descendientes traería una solución definitiva. Él sería un sacrificio perfecto. Permanente. Entonces ya no tendrían que huir más. El Hijo del Hombre vendría a restaurar definitivamente la comunión entre el Padre y sus hijos.

Y Dios cumplió su promesa.

Su propio Hijo se hizo carne y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. En Él pudimos llamar Abba Padre a nuestro Creador, y pudimos acercarnos de nuevo a Él, porque en su Hijo Él se acercó a nosotros primero.

Y nos amó.

Pero, ¿para qué?

¿Lo anhelamos ardientemente?¿Realmente gozamos de nuestra comunión con Él? ¿En verdad nos deleitamos en su presencia? ¿En serio caminamos con Él cada día?

O debe seguir preguntando: «¿Dónde estás?».